La Democracia no funciona

Treinta años después de que algunos anunciaran el “fin de la Historia” tras la caída del bloque soviético, hoy nos encontramos con predicciones sobre el fin de la Democracia a escala global. El anuncio viene de uno de los más prestigiosos pioneros de las Ciencias Sociales, Shawn Rosenberg, director del programa de Psicología Política en la Universidad de California, y se une a anuncios similares hechos por Johan Galtung, eminencia en estudios socio-políticos internacionales. Rosenberg causó conmoción en el último congreso de la Sociedad Internacional de Psicología Política.

¿Su teoría?

La Democracia se está devorando a sí misma.

¿Su predicción?

En democracias bien establecidas, como la de Estados Unidos, la gobernanza democrática continuará con su inexorable declive y finalmente se derrumbará.

¿Por qué?

No es ningún Presidente que amenace lo establecido, como Trump o Bolsonaro, sino nosotros mismos, los humanos.

El ejercicio de la Democracia exige un trabajo duro por parte del electorado, de la ciudadanía. Requiere que la gente respete a aquellos con visiones diferentes a la suya, y también a quienes no tienen su mismo aspecto. Pide a la ciudadanía que sea capaz de analizar grandes cantidades de información, procesarla separando lo bueno de lo malo, la verdad de lo falso. Más aún hoy en día con el advenimiento de las Fake News, Noticias Falsas (anteriormente conocidas como mentiras). Exige reflexión profunda, disciplina y lógica.

El problema

Por desgracia, la evolución no favoreció el ejercicio de tales cualidades en el cerebro humano. Citando conclusiones de la investigación psicológica, Rosenberg explica que los seres humanos no pensamos “bien”. Diferentes prejuicios sesgan nuestro cerebro en los niveles más básicos de pensamiento. Descartamos evidencias y pruebas claras cuando no se encuadran en nuestra manera de pensar y nuestros objetivos, mientras somos receptivos a información que confirma nuestros prejuicios. A veces incluso escuchar que estamos equivocados hace que redoblemos nuestros prejuicios.

Rosenberg afirma que este problema no es nuevo, dado que es una característica biológica del ser humano. Pero es ahora cuando está ganando peso específico en la evolución de nuestras democracias debido a la pérdida de poder e influencia de las “élites” (expertos y figuras públicas que ayudan a que seamos capaces de asumir las responsabilidades del gobierno en común). Según el sociólogo, Estas élites son quienes controlan el ejercicio de poder económico, político e intelectual en lo más alto de la pirámide social, quienes tienen la motivación de apoyar una cultura democrática y unas instituciones para ejercerla de manera efectiva. En sus posiciones como senadores, diputados, periodistas, jueces y administradores del Estado, por nombrar unos pocos, las élites han ayudado al resto de la población a entender la importancia de los valores democráticos.

¿Qué ha cambiado?

Sin embargo, esa estructura social de poder hoy está cambiando y, opina Rosenberg, caducando. Su influencia se ha visto seriamente dañada tras la llegada de las redes sociales, que dan literalmente a cualquiera la capacidad de publicar y proporcionar información que influya en la manera de pensar de la población. El rol jugado por las redes sociales en la decisión del Brexit o la elección de Trump se considera absolutamente esencial y apoyado en la proliferación de Fake News. Fue precisamente durante la campaña del Brexit cuando uno de los líderes políticos apoyando el abandono de la UE, Michael Gove, afirmó que el Reino Unido ya estaba harto de tanto “experto”, desdeñando el papel de las élites intelectuales en guiar el sentido del voto.

Según Rosenberg, al desaparecer la influencia de las élites, el pueblo se encuentra desamparado al ejercer sus deberes democráticos, mal “equipados” cognitiva y emocionalmente por la evolución para entender las necesidades y sacrificios ideológicos necesarios para mantener la armonía democrática. Como consecuencia, el centro del espectro ideológico, alejado de extremismos, se derrumba, dirigiendo a millones de votantes frustrados y enfadados a los brazos del populismo de derechas.

¿Por qué el populismo de derechas?

Comparado con las duras exigencias de la Democracia, mencionadas anteriormente, y que requieren una tolerancia hacia las cesiones y la diversidad, el populismo de derechas es más atractivo, ofrece una vía más “fácil”. Olvídense de la “corrección política”, pueden sentirse exactamente como quieran sobre personas que pertenecen a otras “tribus” (étnicas, ideológicas, económicas, culturales).

Rosenberg opina que las proclamas del populismo de derechas no tienen que ser muy elaboradas, pueden incluso carecer de sentido. Al mismo tiempo pueden echar la culpa a los inmigrantes por llevarse el trabajo de la población nativa, y decir que en realidad los inmigrantes llegan a ese país a beneficiarse de ayudas públicas. Todo lo que les importa a los populistas de derechas es tener un enemigo a quien culpar y sobre quien proyectar sentimientos de enfado y frustración.

¿Hacia dónde nos dirigimos?

La teoría de Rosenberg señala que durante las próximas décadas, el número de democracias de estilo Occidental decrecerá a lo largo y ancho del Mundo, y aquellas que permanezcan serán sólo la sombra de lo que fueron. Tomarán el lugar de la democracia gobiernos populistas de derechas autoritarios, que proporcionarán respuestas simples a preguntas complicadas.

La crítica

Varios analistas se sorprenden de que Rosenberg se desplace del pesimismo reinante por la aparente deriva antidemocrática en varios grandes países del Mundo al derrotismo total. Además, extraña que Rosenberg abrace teorías elitistas, reverenciando a una clase social defenestrada por el estudio académico desde hace décadas. Él mismo se enfrentó a tales críticas indicando que las carencias cognitivas y emocionales que describe nos afectan a todos, incluyendo a las élites influyentes.

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