El 10 de marzo de 2023, China marcó un hito histórico en la geopolítica de Oriente Medio y, probablemente, en la historia de su política exterior, al anunciar un acuerdo que muchos consideraron imposible hasta entonces: la normalización diplomática entre Irán y Arabia Saudí. Un acuerdo de paz de facto. Pasó prácticamente desapercibido en los medios occidentales, como tantas otras cosas. Más allá de su contenido inmediato, el verdadero impacto del acuerdo fue geopolítico. Por primera vez en décadas, una potencia distinta a Estados Unidos mediaba con éxito entre los dos principales rivales de Oriente Medio (Sun, 2023; Alterman, 2023).
Durante años, Irán y Arabia Saudí habían estructurado la política regional a través de una rivalidad indirecta; una suerte de “guerra fría” librada en escenarios como Yemen, Siria o Líbano (Gause, 2014). No se trataba de una competencia por petróleo, sino por la hegemonía política, cultural y religiosa del mundo musulmán. Ambos buscaban liderazgo político y legitimidad para liderar Oriente Medio en el mundo. Hasta ese día.
El acuerdo de normalización entre Irán y Arabia Saudí, auspiciado por la República Popular China, no fue solo un gesto diplomático. Fue un cambio de paradigma:
- Estabilidad regional en una zona clave para el comercio energético
- Continuidad para el proyecto de modernización saudí (Visión 2030)
- Oxígeno diplomático para Irán
- La entrada de China como actor político en Oriente Medio
Este último punto fue el más desconcertante. Pekín rompía el monopolio histórico de Estados Unidos en la diplomacia de la región, facilitando el acuerdo sin asumir las responsabilidades típicas de una potencia de seguridad (Alterman, 2023). A diferencia de Estados Unidos, China no ofrece garantías militares ni lidera alianzas defensivas. No construye bases militares en localizaciones estratégicas. No exige la compra de armas de su fabricación. Su aproximación se basa en la estabilidad como condición para el comercio y la inversión. Y su garantía es la protección de la soberanía sin injerencia extranjera; el principio que vertebra su política exterior. Su lógica se basa en buscar los beneficios de la estabilidad sin asumir los costes convencionales de proporcionarla.
Para Arabia Saudí, el acercamiento a Irán no fue un giro ideológico, sino un movimiento estratégico. Riyadh se encuentra en pleno proceso de transformación económica (Visión 2030), que requiere estabilidad regional y reducción del riesgo geopolítico. Su intención es estabilizarse para proyectar poder comercial, económico, militar y geopolítico en la región y en el resto del mundo (Young 2021). En este contexto, la desescalada con Irán cumplía una función esencial: disminuir la probabilidad de conflicto directo o indirecto (guerras proxy) que pudiera afectar inversiones, infraestructuras, proyección internacional, alianzas estratégicas y legitimidad en la región y el mundo musulmán.
Al mismo tiempo, el acuerdo reforzaba la autonomía estratégica saudí. El Reino Saudí está adoptando una política exterior cada vez más multivectorial, buscando equilibrar sus relaciones con Estados Unidos, China, Rusia, India y otros actores de peso (Fulton, 2022). Mientras no abandonaban definitivamente a Estados Unidos, decidían dejar de depender exclusivamente de ellos, lo que supone un cambio sustancial en lo militar, lo económico y lo financiero. Es imposible obviar que Arabia Saudí es la segunda reserva petrolera mundial y suministra un 15% del petróleo que se consume a diario en el planeta.
El gran perdedor en el nuevo escenario que se abría tras este acuerdo histórico era, sin lugar a dudas, el Estado de Israel. Desde mediados de los años 90, la política regional israelí había girado en torno a una premisa central: la construcción de un bloque contra la República Islámica de Irán, a la que consideran una amenaza existencial. Los Acuerdos de Abraham (2020) se basaban en la convergencia de intereses entre Israel y varios Estados árabes del Golfo frente a la amenaza iraní. Países que siempre han jugado un difícil equilibrio entre apoyar la causa palestina (o, al menos, aparentarlo) y mantener una fuerte alianza estratégica con Estados Unidos y, en consecuencia, con Israel. Es aquí donde el eje divisorio suní (países del Golfo) y chií (Palestina, Siria) se hacía más obvio. En este esquema, la pieza clave es Arabia Saudí.
El acuerdo de 2023 alteraba esa lógica. La estabilización entre los saudíes y los iraníes venía acompañada de una aceptación tácita de Irán como estado soberano y socio aceptable en todo Oriente Medio. Con una firma, Irán pasaba de gran demonio a miembro de la comunidad internacional. De esta manera, la percibida urgencia para los países del Golfo de alinearse con Israel en contra de Irán, desaparecía. El gran castillo de naipes que Israel había construido en la región (de la mano de Estados Unidos) para estructurar Oriente Medio en torno a la contención de Irán se desmoronaba ante los ojos de los desconcertados líderes políticos y militares de Israel, que reaccionaron con inmediato pánico existencial (y exigencia de responsabilidades) (Al Makahleh 2023). Mientras, Oriente Medio avanzaba hacia la desescalada militar, afectando a zonas tan tensionadas como Líbano, Yemen, Siria, o incluso Qatar. Pero el verdadero problema estratégico para Israel se presentaba en Palestina.
Hasta entonces, Riyadh se había centrado más en la supuesta amenaza iraní que en satisfacer los deseos de justicia para los palestinos que expresa la mayoría de su población, y del mundo árabe en general. La estabilidad con Irán deshacía ese dilema. Como actor que aspira a liderazgo regional, Arabia Saudí necesitaba sostener su legitimidad política y simbólica. Esto implicaba exigir avances en el conflicto palestino-israelí como condición para cualquier proceso de normalización, empezando por la creación del Estado Palestino según las fronteras de 1949-1967 (Al Makahleh 2023; netanMiller, 2023).
Para un gobierno israelí con escaso margen para concesiones, esto significaba un enorme desafío militar, una preocupante pérdida de peso diplomático en la región, y una creciente crisis política interna. La tormenta perfecta.
En este contexto, tanto el genocidio cometido por Israel en Gaza como la guerra iniciada unilateralmente por Israel y EEUU contra Irán en febrero de 2026 pueden interpretarse como el resultado de un cambio en el cálculo estratégico israelí. Al eliminar el acuerdo chino entre Irán y Arabia Saudí la opción de una contención colectiva de Irán en la región, Israel empezó a pensar que su única alternativa era una guerra expansiva, que acabara llegando hasta Irán. Una obsesión de Netanyahu desde hace 40 años (Pinkas 2026). Sucesivos gobiernos estadounidenses, desde Bill Clinton hasta Joe Biden, se negaron a una confrontación militar con Irán, pese a la insistencia de Israel. Con Trump, Netanyahu vio una oportunidad de culminar su proyecto de seguridad, basado en la acción militar preventiva y expansiva. En febrero de 2026, su “sueño” se hizo realidad.
Entre aceptar y adaptarse a un Oriente Medio en el que Irán estuviera parcialmente integrado, y con Arabia Saudí ejerciendo un creciente poder estratégico, o actuar unilateralmente para frenar el avance de ambas potencias, Israel ha elegido la segunda. En este sentido, la guerra puede interpretarse no solo como una operación de seguridad, sino como un intento de configurar el entorno regional, confrontando la estrategia china de facilitar la estabilidad comercial.
Esto también explicaría la clara reticencia de Arabia Saudí a implicarse en el conflicto, a pesar de haber sufrido numerosos ataques de misiles contra activos estratégicos. El acuerdo de 2023 representaba la verdadera voluntad del reino saudí: una nueva y estable hegemonía, con múltiples y diversas alianzas, que reorganizara los equilibrios de poder en Oriente Medio sin necesidad de conflictos armados.
La intervención israelí tiene implicaciones que trascienden la relación bilateral con Irán. Indirectamente, afecta al papel de China como actor diplomático, a la estrategia de autonomía saudí, y a la transición hacia un orden regional menos polarizado, que sin duda contribuiría a la seguridad global. En este contexto, el conflicto puede leerse como una reacción frente a un cambio estructural que daba paso a un Oriente Medio organizado en torno a equilibrios flexibles y alineamientos variables. Simplificando, Israel rechazó la más que probable paz en la región a cambio de intentar mantener su menguante hegemonía.
En conclusión, la guerra de 2026 no puede entenderse únicamente como un episodio más en la rivalidad entre Israel e Irán. Se sitúa en un marco más amplio de transformación del orden regional y, como consecuencia, del orden internacional. El acuerdo entre Irán y Arabia Saudí, mediado por China, no resolvió los conflictos de Oriente Medio. Pero sí alteró sus reglas. La pregunta clave es si la estrategia de confrontación puede revertir esa tendencia o si, por el contrario, estamos asistiendo al intento de sostener un modelo de orden que ya no se corresponde con la distribución actual del poder.
Referencias
- Al Makahleh, S (2023), How will Israel respond to the Saudi-Iran détente?, The New Arab, https://www.newarab.com/analysis/how-will-israel-respond-saudi-iran-detente?utm_source=chatgpt.com
- Alterman, J. (2023), China’s Middle East Diplomacy. CSIS, https://www.csis.org/analysis/china-and-middle-east
- Fulton, J. (2022), China-Saudi Arabia Relations. Atlantic Council, https://www.atlanticcouncil.org/wp-content/uploads/2020/08/Sino-Saudi-Relations_WEB.pdf
- Gause, F. G. (2014). The International Relations of the Persian Gulf. Cambridge University Press, https://assets.cambridge.org/97805211/37300/frontmatter/9780521137300_frontmatter.pdf
- Kinninmont, J (2017), Vision 2030 and Saudi Arabia’s Social Contract – Austerity and transformation, Chatham House, https://www.chathamhouse.org/sites/default/files/publications/research/2017-07-20-vision-2030-saudi-kinninmont.pdf
- Miller, A. (2023), Saudi-Israeli Normalization Prospects. Carnegie Endowment, https://carnegieendowment.org/middle-east/diwan/2023/07/prospects-for-israeli-saudi-normalization
- Pinkas, A (2026), Netanyahu finally found a President willing to buy into his Iran dream, The New Republic, https://newrepublic.com/article/207365/netanyahu-trump-iran-war-dream?utm_source=chatgpt.com